Luis Ángel Duque

Curador

Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber

Marzo de 2004

I

 

Si quisiéramos saber cómo era América hace algo más de quinientos años, deberíamos tener un encuentro cercano con algunas de las etnias originarias que todavía señorean las tierras bravas de América del Norte y del Sur.

 

Esta es la primera constante que se nota al aproximarnos a los trabajos de campo realizados, a todo riesgo y contra todo compromiso, por el fotógrafo Antonio Briceño, con señores naturales de México, Colombia y Venezuela. Huicholes de la Sierra Madre Occidental, kogis y wiwas de la Sierra Nevada de Santa Marta y piaroas y pemones de la Orinoquia son las etnias que lo han recibido y con las cuales ha tenido momentos tensos y estadías maravillosas. Son pueblos fronterizos, aún en los mismos límites de los estados soberanos que los albergan, por lo que deben ser reconocidos como microcosmos dentro del caos de cada país.

 

Cada vez más los miembros del mundo occidental, los que Linneo clasificó en el ápice de la raza humana como: “Homo sapiens: normal y civilizado”, amplían sus parámetros mentales y comienzan a reconocer que las etnias que se aislaron o se apartaron del flujo civilizatorio lo hicieron ex-profeso, para preservar su integridad como razas, y para resguardar el entorno natural que los acoge.

 

Así pues más lejos de los circuitos civilizatorios no podrían estar: por ejemplo, la Sierra Nevada de Santa Marta es el territorio que alberga a los kogi. Y a su vez, estos custodian la ahora denominada “Ciudad Perdida”, un grupo de plataformas monumentales dispuestas en los altos de la selva nublada, construidas por los antiguos aurífices tayronas hace siglos o tal vez milenios y que fueran re-descubiertas por los arqueólogos colombianos en los años 70. Desde siempre estas plataformas de piedra han servido de taulas propiciatorias para los sacerdotes kogi, por lo que se reimpone la antigua pregunta de quién está descubriendo a quién.

 

En estos ecosistemas fue donde los encontró Antonio Briceño, asentados en el desierto, la selva nublada, las sabanas arbustivas o la selva húmeda tropical, viviendo de la persistencia de su propia mitología intangible, regidos y conservados por tradiciones orales, en las cuales el verbo se hace canto. 

Así como Marc de Civreaux (1919-2003), pasó de la geología a recopilar la homérica mitología del Watunna, la epopeya de los yekuanas, así el biólogo Briceño, lejos del documentalismo fotográfico, oficiando como un mitógrafo visual ha alcanzado a construir esta nueva saga de los antiguos excluidos. Los miembros de estas etnias, los paisajes, los elementos asociados a cada mito y la recopilación y concreción de estas imágenes se han conjugado para convertirse en estas fotografías que se han tornado en proyecto de vida para Antonio Briceño.

 

 

II

 

El rasgo común que identifica a este triangulo humano y territorial es la dignidad.  Los hombres maduros y las mujeres jóvenes, retratados frontalmente, extrañamente expresivos e hieráticos a la vez, poseen esa característica común y para ello, sin darse cuenta, Briceño reprodujo en solitario los pasos que dio el gran fotógrafo etnográfico Edward Curtis (1868-1952), quien entre 1900 y 1906, en un extenso trabajo de campo, con un gran número de asistentes y con el soporte financiero del magnate de los EE.UU.  J.P. Morgan,  fotografió a los miembros principales de las naciones indígenas del Suroeste, del Noroeste, de las Grandes Planicies y de Alaska.  Sus retratos son duros, expresivos, casi perfectos y fueron publicados entre 1907 y 1934 en veinte volúmenes bajo el título genérico The North American Indian, quedando como un monumento a lo que alguna vez fue diversidad, territorio y lenguaje propios, aunque en la actualidad muchos de esos pueblos indígenas solo sobreviven como imágenes en una emulsión de nitrato de plata.

 

El método de campo, al aire libre, como lo ejercitaban los primeros fotógrafos viajeros, pues el húngaro Rosti ya utilizaba la fotografía para consignar las gentes y los paisajes en el siglo XIX, en su visita a Venezuela, también fue la nueva herramienta utilizada por el barón de Gros y por Jean Prelier Dudoille cuando incurrieron en los territorios ignotos de Colombia y México.  

 

Por ello lo más frecuente es que el viajero porte una cámara fotográfica; pero Antonio Briceño no es un viajero cualquiera, como lo comprobó en sus largos viajes que tuvieron lugar durante los años 90 (India, Irán, Nepal, Siria, Yemen, Egipto, Marruecos y Pakistán). Él se adentraba en el corazón de las regiones más ignotas de esas tierras de tan larga historia, y en un proceso muy sincrónico, también ha penetrado muy adentro en el corazón de las gentes. 

 

Y de allí el proyecto que lo ha ocupado durante los últimos tres años: su primer impulso, como lo expuso en el V Salón Pirelli de Jóvenes Artistas de 2001, fue descubrir y retratar frontalmente y como surgiendo de situaciones extraordinarias, a magos, trashumantes o santones de India y de una región vecina que visitó durante los primeros años del milenio, Guyana.

 

Cuando obtuvo una beca que le permitiría establecerse en La Sierra Madre Occidental (México) durante un lapso de seis meses con la etnia huichol entre enero y junio de 2001, Briceño dio con la clave que ha producido esta sorprendente serie de retratos mitográficos. Encarnó en cada uno de sus retratados una sección del mito, como si fueran oficiantes del rito que han sostenido en un acto de fe colectiva. Así como todas estas etnias se alimentan de los productos de la tierra, también están soportadas totalmente por la fuerza de sus mitos de creación, que con el paso del tiempo se han tornado en fe de permanencia.

 

De esta manera, cada sección de la teogonía de estas naciones indígenas es encarnada por un miembro de la comunidad, masculino o femenino, joven o adulto. Frente a un paisaje ligado a sus culturas (un bosque de coníferas, una tupida selva o un tepui de la Gran Sabana) y a veces luciendo los ornamentos asociados a la deidad o potencia destructora o benefactora de la naturaleza que representa, cada uno posó ante la cámara con entrega y candor, encarnando el mito de creación que le da fuerza a sus razas.

 

Es tal el nivel de representación de cada uno de los retratados por Briceño que de inmediato el espectador reconoce que está ante la presencia de seres superiores, los señores naturales de América.

 

 

III

 

Hay unos elementos comunes entre las tres etnias que convergen en la Sala del Museo. Son sus tótems animistas, animales reales y mágicos a la vez, y en algún lado de los espacios parecemos reconocer las leves huellas de sus ágiles extremidades: son el venado de los huicholes, el zorro de los kogis y wiwas y el yaguar de los piaroas y pemones.  A sus espíritus no los podemos domesticar, ni menos poseer; solo podemos identificarlos como los entes protectores de las cinco naciones indígenas y por ello es tan importante esa presencia inmanente. Sus leves huellas parecen estar, pues fueron reunidos y puestos ante nosotros por la invocación de Antonio Briceño.

 

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