Nicomedes Febres

Mayo 2012

La cabal dimensión del valor histórico y conceptual de la obra fotográfica  de Antonio Briceño requiere tiempo de testimonio. Es un artista que trae al mundo del arte el rigor y la disciplina de su profesión originaria de biólogo. Detectar para él el tema importante, presumir hipótesis, establecer el método de trabajo y seguir inalterablemente los protocolos de investigación a través de los años para construir un “discurso” visual verificable científica y artísticamente, es un mérito que no es moneda de curso corriente en el arte latinoamericano.

 

Detectar las culturas y costumbres existentes que están en vías de desaparición y que sobreviven en lo más profundo y marginal de nuestro planeta, pero siempre al margen, ha sido la misión que se ha propuesto el artista. Trasladarse hasta tan remotas regiones, aprender el idioma local, las costumbres y sus diversas cosmogonías; conviviendo en condiciones precarias con hombres y mujeres de  tantas etnias distintas, y ganarse su confianza y obtener la aprobación para su trabajo por parte de esas diversas tribus; escasas, dispersas y limitadas en su comprensión del mundo, no es tarea fácil y ha sido la meta que se ha impuesto Antonio Briceño como  artista para rescatar simbólicamente esas costumbres y cosmogonías. Al introducirse en selvas y llanos inhóspitos, así como al escalar escarpados páramos y nevados, viajando a lomo de bestias, en autostop, con medios muy limitados, con un equipaje mínimo y teniendo como  única arma su cámara fotográfica fue su  decisión creativa personal hace años  y su periplo nos recuerda a los científicos viajeros de los siglos XVIII y XIX que vinieron de Europa, desde antes de Humboldt, para dar a conocer al mundo ávido en su afán enciclopédico, las particularidades de nuestras culturas.

 

Los grupos elegidos, estudiados, fotografiados, registrados e interpretados por el artista son  grupos humanos desafortunadamente condenados a desaparecer, no por obra de manos irracionales, sino por las leyes naturales que determinan irremisiblemente la extinción de las especies que no se adaptan a los cambios del mundo. Antonio  Briceño ha hecho de forma rigurosa y tenaz ese trabajo para perpetuarlos, para inmortalizarlos a través del lente y de una forma tal, que no es solo el rostro que registra, el paisaje que muestra o el objeto ritual que adorna, sino también el espíritu que los anima y esa terrible fatalidad que los rodea, tan parecida a la decadencia que precede a la muerte. 

 

Todos sabemos que de los manantiales nacen quebradas y riachuelos, e inexorablemente van uniéndose a otros de mayor torrente hasta desembocar en ríos, cada vez más caudalosos que quieran o no, culminan en el  mar. El trabajo de Briceño ha sido el viaje inverso, debió partir del  océano, ir río arriba, para conocer y retratar los manantiales originales y contarnos la parte más antigua de la historia de nuestra propia historia como sociedad mestiza, transformándose en la voz de los que no gritan, de los que resignados, aceptan su destino.

Ahora Antonio Briceño hace la disección de un grupo de mujeres del Perú que practican la casi extinta profesión de plañideras, una costumbre ancestral que viene de las culturas mediterráneas mestizadas con algunos ritos funerarios precolombinos. Ese mestizaje simbólico fueron las “lloronas” en nuestra América que fueron perseguidas tanto por el poder civil que llevaron al virrey Croix en 1786 a perseguirlas; como por el poder religioso que pretende poseer el monopolio de intermediación del tránsito final ante la muerte, al punto de expulsar a estas plorantes del templo. Por otro lado, en la ancestral cultura mediterránea precristiana, las plañideras en los velorios eran, por una u otra razón, un testimonio del status del difunto. No hay duda que las lloronas desaparecerán, sin embargo, a las futuras generaciones les quedará el testimonio recabado por el artista en un tema tan complejo e íntimo como es el rito mortuorio y el luto en nuestra sociedad.

 

Para concluir, recordemos que la verdad científica es el pilar fundamental de la modernidad y de nuestra racionalidad, y el saber es a su vez, la finalidad de la verdad científica; de allí el poder sacralizado de la tecnología y el conocimiento para caminar con pie firme hacia lo que llamamos el futuro. Ese afán del saber, de conocer la verdad es infinito, se aplica a todo tiempo y todo lugar, a toda dimensión física o espiritual. La modernidad se distancia del mito, de la leyenda o de lo mágico, como interpretación o como creencia, pero paradójicamente, esta obligada por el principio de la búsqueda de la verdad, a conocer y estudiar todos los fenómenos espirituales. De allí la pertinencia de la investigación de Antonio Briceño. Cuando los nietos de nuestro nietos rijan el mundo, los personajes representados por el artista muy seguramente se habrán extinguido, y acaso algún cromosoma de los retratados circule por las venas de su mestizaje, pero, para que esa descendencia conozca la historia completa de su estirpe, deberá volver a ver y releer las imágenes que sus ancestros les  legaron a través del lente y el tenaz trabajo de Antonio Briceño. Allí reside el valor que como antropología del futuro tendrán las obras de este creador tan personal.    

 

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