Ana María Vass

Junio de 2007

 “El camino puede ser duro y difícil, pero no hay que tener miedo, hay que tener fe. Nada va a pasar”. Estas palabras se las dijo un chamán a Antonio Briceño cuando viajó a Perú hace dos años en busca de la cultura Quero y simbolizan también la devoción con la que ha emprendido cada uno de sus retos como fotógrafo.

 

De acuerdo a su credo, que consiste en “estar caminando constantemente” y en apreciar todo lo que es distinto a su propia forma de ver la vida, Antonio ha viajado con su cámara por el mundo en busca de imágenes expresivas y profundas como las que hasta hoy podemos apreciar en sus series.

 

En 1988, trascendió las fronteras venezolanas dirigiéndose a Marruecos. “Fue el primer país diferente que visité y quedé trastornado, porque a partir de ahí mis fotos comenzaron a enfocarse en culturas radicalmente distintas a la mía”, explica.

 

Posteriormente, viajó a la India, Nepal, Siria, Irán y Pakistán, con la intención de explorar varios temas a través del lente: la creación de un vínculo entre los animales y los templos; el uso del barro en la arquitectura de estos cinco países; y los bazares musulmanes, trabajo con el cual organizó su primera exposición individual en Venezuela, en 1995: “Era un trabajo documental a color y giraba en torno al bazar como centro cultural, porque los sitios de encuentro de todas las ciudades de oriente son los bazares… Esa serie incluía desde vistas generales, pues algunos son arquitectónicamente bellísimos, hasta detalles de los productos y la gente comprando. Ese fue mi primer trabajo serio como fotógrafo. A partir de ahí, fui abandonando la carrera que había estudiado (Biología) y me dedique de lleno a la fotografía”.

 

Dos años más tarde, Antonio expuso en el Museo de Bellas Artes de Caracas, la serie Pasajeros, cuyas imágenes también captó en la India y que fue merecedora del Premio de Fotografía Luís Felipe Toro, Conac: “…hay muchos colores en estas imágenes: los rostros, los turbantes, los velos. Empecé a especializarme en el retrato porque me interesaba mucho la gente y en la India se hace muy fácil porque las personas te miran directamente a los ojos”.

 

El siguiente reto en su carrera se lo planteó la Embajada de Venezuela en la India, cuando lo invitó a exhibir en ese país fotografías sobre el tema de la fe y la devoción religiosa venezolana. “Fue una experiencia muy especial porque hacía ya casi ocho años que no trabajaba en mi país… Comencé a viajar con el fin de conocer fiestas tradicionales en distintos lugares como el páramo andino o las costas… De ese modo me reencontré con Venezuela. Conocí cosas que nunca había visto”. Esta serie llevó por nombre Devoción y se exhibió también en Bruselas y Ciudad de México.

 

En medio de ese proyecto y como consecuencia de su encuentro previo con la abundante y variada representación gráfica de las deidades hindúes, comenzó a surgir en el artista la inquietud de representar iconográficamente a los dioses indígenas americanos: “Por ahí había un tema de interés al que nunca había podido aproximarme: las cultural indígenas. Yo sentía una profunda admiración por su relación con la naturaleza. Me di cuenta que una de las cosas que más me interesaba era su forma de devoción, justamente porque no tienen representación icónica. Entonces pensé en proponer imágenes para esas representaciones que ellos no han formulado. De ahí surgió el proyecto Dioses de América, en el que estoy metido desde hace siete años de pies a cabeza.”

 

El mundo de los chamanes

 

Antonio inició esta nueva etapa de su carrera con un viaje a México, en el año 2001. Su objetivo fue trabajar entre los huicholes, grupo indígena asentado en la áspera y abisal Sierra Madre Occidental, principalmente en los estados de Jalisco y Nayarit.

 

“El trabajo con la comunidad Huichol fue uno de los más difíciles que he realizado, y algo que complicó bastante las cosas fue el hecho de que yo no sabía cómo explicarles que quería fotografiar a sus dioses. No tenía nada previo que enseñarles. De entrada, el jefe del pueblo me dijo que no quería establecer ninguna relación con fotógrafos, antropólogos o cineastas. Eso me angustiaba mucho debido a las exigencias relacionadas con la beca que me había otorgado la Secretaría de Relaciones Exteriores de México. Pero los Dioses de América fueron propicios conmigo: conocí a otro huichol, quien después de haber escuchado mi historia decidió colaborar con mi proyecto, dándome la oportunidad de quedarme en su casa junto a su familia. Ahí viví cinco meses… Compartí con ellos muchas penurias y hambre, mis recursos eran limitados y en mi afán por colaborar sólo podía hacer un mercado al mes que duraba un día, porque en la casa vivíamos veinte personas… Por la falta de espacio dormía en el gallinero y siempre tenía todo en el morral… El lugar era inhóspito y además tenía problemas de agua”. Todo ese sacrificio valió la pena, porque el trabajo se llevó a cabo y contó también con el apoyo del Centro Nacional de las Artes del D.F. mexicano.

 

El trabajo con las comunidades indígenas venezolanas pemón (Gran Sabana) y piaroa (Amazonas) fue el siguiente reto, y después, en orden cronológico: los kogui y los wiwa de la Sierra Nevada de Santa Marta en Colombia; los wayuu, de la zona desértica del estado Zulia en Venezuela; los kuna del caribe panameño; los queros de Perú; los kayapó, en pleno corazón del amazonas brasilero, y por último los yekuana, del Caura, en Venezuela.

 

“He escogido pueblos que siempre me han interesado, pero también quiero representar la riqueza del continente, porque son dioses de la naturaleza. Quiero mostrar esos sitios emblemáticos como Los Andes, el Caribe y la selva amazónica… De todas las series que he hecho ésta es la que conjuga más mis gustos: el viaje, la naturaleza, la vida indígena, ver las cosas diferentes, la fe y la devoción. Todos mis intereses están juntos, así que de alguna manera Dioses de América es mi alimento espiritual”, resume el artista.

 

Sobre el método

 

“Tengo una buena idea de cuáles son los dioses que quiero representar, porque antes estudio la cultura del lugar. Esta es una parte fundamental del proceso. Busco información en diversas fuentes, contacto a gente que sepa del pueblo y de sus costumbres -sobre todo los antropólogos- y cuando llego al lugar constato la información con los chamanes. Suele haber diferencias entre lo que leo y lo que descubro, básicamente porque las tradiciones orales tienen muchas versiones... Convivo con la gente primero, para que me conozcan, me tengan confianza y se dejen fotografiar sin predisponerse… Para mí lo más importante es compenetrarme bien con la cultura que estoy trabajando, para no hacer una representación que esté alejada de su realidad. Es por esto que siempre dejo los retratos para el final del viaje…”.

 

En casa culmina el proceso creativo con la laboriosa fase digital y la elaboración de los fotomontajes. “Esta es la etapa crucial y tengo que hacerla justo al llegar a Caracas, cuando aún estoy empapado de todo lo que viví. Con los recuerdos, sabores, olores e imágenes frescas. Me leo como unas diez veces la crónica que siempre escribo. Paso día y noche trabajando en mi estudio al menos por una semana, en una primera etapa. El resto puede tardar meses, porque se trata de terminar de pulir”.

 

La mejor galería

 

Las fotos de Antonio Briceño forman parte de importantes colecciones privadas e institucionales del mundo entero. Pero para el artista el mejor lugar al que pueden llegar sus obras, no es otro sino el sitio de origen de éstas. “Siempre mando a las comunidades las fotos de los trabajos que he realizado en ellas. Se las envío plastificadas, porque van a estar expuestas a los factores del ambiente… Si tienen escuela, las hago llegar allí, pues algunas de las personas que más me han ayudado son los maestros, quienes están un poco cansados de los libros de texto occidentales que no hablan de su tradición y mitología”.

 

Ese sentir es afín con el objetivo de la serie Dioses de América, que consiste en resaltar los más altos valores de los pueblos aborígenes. “Es cierto que los indígenas pasan muchas necesidades y se las ven muy duras. Pero eso no es todo lo que sucede en su vida. Estoy haciendo este trabajo para reivindicarlos, enaltecerlos, homenajearlos y para librar a la gente de los prejuicios tontos que tienen sobre ellos. Este proyecto quiere constituir un tributo a la supervivencia, sabiduría y dignidad de estos pueblos”.

 

En Dioses de América Antonio Briceño ha reunido hasta ahora una iconografía de sesenta deidades indígenas, que han sido expuestas en destacados museos y galerías de Venezuela y el exterior. El último de sus logros fue representar con estas obras a su país en la quincuagésima segunda edición de la Bienal de Venecia, realizada entre junio y noviembre este año. Acerca del futuro de la serie comenta: “Se trata de un trabajo a largo plazo. Aún quedan por hacer muchas cosas, por ejemplo, en Chile hay una zona de bosques y volcanes que me interesa mucho. También están los indígenas norteamericanos donde me imagino que la experiencia será muy distinta, por lo marcadas que son las estaciones climáticas. Esos son algunos de los dioses que me faltan. La verdad no creo que termine nunca”.

 

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