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DIOSES DE AMÉRICA

panteón natural

 

 

Durante los primeros años de mi carrera como fotógrafo, me enfoqué en la imaginería religiosa de algunas culturas, sobre todo desde la perspectiva de la sicología arquetipal. En los últimos veinticinco años he trabajado con más de treinta y cinco culturas originarias de los cinco continentes (incluyendo los Sàmi del norte de Europa y los Maorí, de Nueva Zelanda)

 

En el año 2000 supe, de manera fortuita, que mi bisabuela paterna había sido indígena, perteneciente a un grupo que desapareció completamente, bien por el exterminio directo, bien por el mestizaje. Surgió una urgencia en mí de indagar sobre sus creencias, su mitología, su cosmogonía. Pero no quedó ni rastro. Por esta razón, me propuse un proyecto de vida: investigar sobre las mitologías de grupos originarios americanos que han sobrevivido hasta la actualidad sin sucumbir a la religión cristiana, y proponer una iconografía para sus dioses, antes de que desaparezcan del todo. Estos grupos, por supuesto, están en zonas remotas, generalmente bastante aislados.

 

Este es un trabajo que, pese a su urgencia, va contra la corriente. La mentalidad colonialista está muy arraigada –aunque oculta en apariencia- en el continente americano, y en el mundo en general. Conocemos mucho más de las mitologías griega, egipcia y romana, que de las de los grupos que aún moran entre nosotros. Nadie se atrevería en la actualidad a decir públicamente que los indígenas deben morir y que sus culturas deben desaparecer de la faz de la tierra. Pero a la hora de emprender un trabajo fotográfico, sólo se acepta que sean mostrados como víctimas: prostitutas, alcohólicos, miserables. Si se les muestra en toda su dignidad, con su belleza y poder, como culturas de las que se puede aprender algo, comienza una lluvia interminable de etiquetas: “el buen salvaje”, “folclorismo”, “exotismo” y un largo etc. Esa es otra forma actual de culminar con el genocidio iniciado hace siglos: la retórica.

 

Pero, lejos de inhibirme, esta dificultad ha constituido un estímulo para mí, otra señal que me ha obligado a emprender un proyecto que, de paso, cuenta con el apoyo de los chamanes, maestros y sabios de las comunidades en las que he estado. Así, desde el año 2001 hasta el presente, en este proyecto he incluido once culturas indígenas de seis países, y he realizado más de ochenta imágenes basadas en mitos, leyendas y creencias de estos grupos. Todas las imágenes han sido posteriormente enviadas a las comunidades donde trabajé, para sus escuelas o sitios comunales. Y cada persona retratada ha recibido la imagen que con ella realicé.

 

La investigación ha consistido, resumidamente, en indagar sobre las mitologías de los grupos con los que voy a trabajar, a partir de los textos escritos por antropólogos. Luego, en las comunidades, mis aliados han sido los sabios y maestros, que me van describiendo y asesorando en cómo hacer cada representación: me indican qué personas de la comunidad serán las más idóneas para representar cada deidad y qué atributos o elementos deben acompañar a la imagen. Así, el trabajo de campo consiste en realizar los retratos con los que luego, en mi taller, ensamblo digitalmente cada icono.

 

En cuanto a las formas de la representación, me decidí por la pluralidad y evité restringirme a un solo formato o estética, lo cual sería contrario a  la diversidad de dioses y culturas implicadas. Tratándose de representaciones de deidades, he compartido el culto a la belleza manifiesto, no sólo en las culturas originarias, sino prácticamente en todas las culturas, excepto la occidental contemporánea. Curiosamente estamos temporalmente poseídos por un terror a la belleza  que, por lo demás, es bastante comprensible: en tiempos monopolizados por la razón, la belleza y su consecuencia -la emoción- constituyen una franca amenaza dado  su avasallante poder transformador. El que es uno de sus ámbitos de acción por excelencia, el mundo de las artes, le está temporalmente vedado. Pero esa moda pasará, como otras tantas.

 

En un lapso menor de veinte años, he visto comunidades desaparecer bajo las aguas de una gran represa (A´ukre, comunidad Kayapó de Brasil), estar amenazadas por la minería y el turismo (comunidades Quero del Perú), por el narcotráfico (Huichol, de México), o la evangelización (Piaroa y Pemón, de Venezuela). Los Dioses de América se están yendo para siempre a una velocidad mayor de lo que yo creía inicialmente, y con ellos, una parte esencial de la humanidad –de todos nosotros- se hundirá irremediablemente en el olvido o, peor aún, en la ignorancia. Mi trabajo es a contra-reloj y el camino aún es largo.

 

 

Antonio Briceño

Junio 2018

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